
Ya que la semana pasada hablamos de limpieza de primavera a la persa, seguimos con el tema esta semana porque le dediqué bastante tiempo a esto en mi cabeza en mis caminatas diarias. Yo soy de las que no disfruta limpiar pero cuando limpia, encuentra un momento de no pensar en nada más que en “tengo que sacar esa mancha”. Y para una persona como yo quien piensa constantemente en todo, es como diría Enrique Iglesias, casi una experiencia religiosa.
Pero me sigue sin gustar tener que limpiar. Y me deja de mal humor que muchas veces, nadie en esta casa de cuatro personas parece darse cuenta que, oh, sí, hay que limpiar y no hacer de cuenta que limpiamos. Y como tengo hijos chicos a los que tengo que delegarles tareas que puedan de hecho hacer y un compañero que limpia siempre -pero lo que se ve-, decidí pensar en cómo minimalizar la rutina de limpieza para mí y para todos.
1- La obvia, tener menos.
Ya lo charlamos muchas veces. Tener que correr algo para limpiar el lugar, limpiar el objeto, volverlo a poner y repetir la acción varias veces al mes, cansa, agota, molesta y nos deja de mal humor porque podríamos estar haciendo cualquier otra cosa pero no, estamos limpiando. No necesitamos vivir como un monje zen o como Jack Reacher (recomiendo la serie) que solo tiene la ropa del cuerpo y un cepillo de dientes. Pero repensemos cuánto tiempo le dedicamos a la limpieza y si vale la pena gastarlo en eso. Pensemos en los adornos, en los libros, en la ropa, en los recovecos con cosas, en los cajones de objetos misteriosos, en los cestos para organizar que muchas veces más que organizar, nos dan espacio para acumular. En los macetas que no regamos, en el hobby que nunca retomamos (o empezamos), en lo que ya no somos y en lo que más nunca seremos (qué dramática…). Yo guardo cosas, tengo cosas, mantengo cosas, no voy a decir que solo tengo lo necesario porque también tengo cosas que me hacen feliz como un álbum de fotos que podría ser digital pero no me gusta y lo tengo que sacar, limpiar el lugar, volverlo a poner y repetir toda semana. Pero en ese caso para mí, vale la pena. Entonces, sin mucho dolor, sacá lo que te molesta limpiar. Punto.
2- Dedicale un tiempo específico a cada sector o cuarto durante tus ratos libres.
Durante la semana, elegí esos espacios que podés darle una limpiada veloz que después, cuando vayas a limpiarlo en el día que hacés la limpieza más profunda, no te pases dos horas rasqueteando mugre. Yo, por ejemplo, los lunes no tengo mucho horario. Solo le pego una barrida profunda a la casa. El martes que tengo más tiempo, empecé a repasar el mini-mini baño que tenemos echando lavandina (hipoclorito de sodio) a los azulejos. El miércoles, repaso la repisa de las cosas de limpieza. Y así me fui incorporando unos quince minutos todos los días haciendo alguna cosita. Cuando llega el sábado, ya todos tenemos menos cosas que hacer, yo usé los quince minutos diarios para escuchar mis historias de la BBC y no perdemos el sábado limpiando. Por ahora, viene funcionando.
3- Tené lo que necesitás para limpiar.
También hablamos de esto en uno de los episodios, pero importa, y mucho, elegir tus productos de limpieza y saber qué funciona con lo que tenés en casa y con lo que necesitás. No comprar un millón de productos por la marca, porque te parece, porque estaba de oferta, ayuda a saber qué y cómo limpiar. Un ejemplo concreto: me acuerdo de haber comprado un producto para el baño que sí, sacaba todo. Y me sacaba uñas, no importaba si usaba guantes porque soy torpe y me entraba el líquido. Y después de ese producto, había que limpiarlo con otro. Y después, sacar el olor con otro. Y así, el baño quedaba limpio, el ambiente recontra contaminado y mis uñas inexistentes. Ahora tengo lavandina, detergente amigable con el ambiente porque decidimos invertir en esto como el jabón líquido de la ropa, bicarbonato de sodio y vinagre. Y listo, sirve para todo. Se redujo el tiempo de limpieza inmensamente. Si voy a limpiar el baño, es lavandina para los hongos de los azulejos durante la semana, agua y detergente para todo el resto cuando lavo todo y bicarbonato, vinagre y agua caliente para las rejillas una vez por mes (información que fue cortesía de mi papá plomero, destapa y saca bichitos indeseables). Mi enemigo número uno, el baño, queda decente en un santiamén. Y lo mejor: porque sacando la lavandina, son todos productos usables por todo el mundo, puedo delegar parte del trabajo a los más pequeños. Dependiendo tu rutina y si tenés compañía en casa a la que puedas delegarle algo, elegir productos de limpieza ayuda a minimalizar la rutina. Sabés lo que tenés, sabés para qué sirve, cómo y dónde usarlo.
Espero que les haya servido para algo todo esto; es algo que vengo pensando hace varias semanas en realidad porque odio perder tiempo limpiando y aunque disfruto de quince minutos de no pensar en nada, cuando se van para veinte o treinta o 4 horas como venía pasando, me agarra la desesperación y quiero tirar todas las cosas de todos a la basura. Pero no puedo. Porque eso me haría una persona desequilibrada. Y no lo soy tanto. Por ahora.
Nos vemos la semana que viene con más Minimalismo Real.