
William Morris fue un arquitecto británico del siglo XIX que se rebeló contra la producción en masa y la alta valoración que se le daba a la industria en detrimento de los artesanos. Nacido en una familia acomodada y estudioso de las artes en general y la religión, veía con admiración a los gremios medievales de alfareros, herreros, joyeros, en fin, todos aquellos que con sus manos hacían artes de diferentes formas. Los gremios en esa época eran un rejunte de gente que básicamente heredaba una profesión o tomaba a alguien externo como aprendiz para enseñar el oficio. Había una serie de cláusulas y gracias a ellos, se protegían de competencias desleales y se garantizaba la calidad del producto. Morris admiraba todo lo que comprendía artes manuales, su aprendizaje, su enseñanza y su producción final.
¿Pero por qué traer esta clase de historia a un podcast de minimalismo? Porque el señor Morris fue el autor de la famosa frase que dice:
“No tengas nada en tu casa que no sepas que es útil o que no consideres bello”
Entonces, antes de empezar a revolear el florero hermoso que te compraste cuando pasaste por el negocio de artesanías de tu barrio (pero jamás comprás una flor para ponerle), hacete algunas preguntas:
1- ¿Me gusta mucho como para mantenerlo?
Sin querer parafrasear a Marie Kondo y su “¿esto me hace feliz?” pero casi, preguntarte si esa pieza de decoración o adornito te gusta mucho, más o menos o nada, es importante. Lo principal es saber si lo guardás porque lo compraste, te lo regalaron o estaba misteriosamente ahí desde que tenés memoria. Si lo compraste, preguntate para qué y por qué. ¿Te trae buenos recuerdos? ¿Fue una compra impulsiva? ¿Te gustó pero ahora no? Si te lo regalaron, ¿realmente es tu estilo? ¿Te molesta limpiar y tener que moverlo, correrlo, levantarlo, ponerlo de vuelta o es tranquilo? Si apareció misteriosamente, ¿para qué lo tenés?
Un ejemplo que puedo dar de adornos descartados es un porta algo que me regalaron hace un tiempo. Tenía unos dibujos medio tribales que me gustaban y me recordaban a una época en la cual podía elegir llenar la casa de adornos de pueblos originarios y mantas y cosas de madera y…pero ya no puedo por cuestiones de espacio, alergias y porque comparto casa con otras tres personas. Lo tenía lleno de lápices (otra de mis debilidades) para conservarlo. Cuestión que cuando empecé a minimalizar las cosas, me di cuenta que nos habían regalado una taza de cerámica con un carpincho dibujado de forma minimalista que me gustaba muchísimo más. Solo que no tenía uso porque ya teníamos tazas suficientes para los cuatro y esa en particular, no era del agrado de nadie para tomar la leche o el café. Solo la estética me gustaba. Así que decidí deshacerme de ese lindo porta algo y reemplazarlo por la taza carpincho que ahora es mi nuevo portalápiz.
2- ¿Tiene alguna utilidad?
Vamos a decir que llegaste a la conclusión de que el adorno o decoración X te gusta más o menos o nada. Acá viene entonces la segunda pregunta: ¿te sirve para algo? Vamos a decir que tenés un adorno que es una especie de bowl y que le podés poner cosas como llaves cuando llegás a casa. Tiene utilidad así que si no te molesta y no tenés nada en mente para reemplazarlo, puede que tal vez sea bueno quedártelo. Como el florero del ejemplo que al mejor estilo del poeta Baldomero Fernández Romero, hay un florero y ninguna flor (bueno, él decía setenta balcones y ninguna flor pero sirve igual). Tu florero tal vez sirva para otra cosa que no tenés cómo reemplazarla, al menos por ahora. En definitiva, si te es útil, quedátelo.
Un ejemplo personal que puedo ofrecer es sobre un pote extraño impreso en 3D en filamento gris que hay en casa. No es feeeeeooo pero tampoco es algo que hubiera elegido como adorno. Sin embargo, combina con la casa y yo no tenía dónde poner mis pulseras y collares. Voilá, compañero experimentando con archivos de STL para impresoras 3D feliz y yo con un lugar donde poner mis “joyas” hechas por 2 pesos.
3- ¿No es útil ni bello?
Bueno, entonces ya tenés tu respuesta. Decile chau. Mis abuelos tenían un cuadro bastante horrible colgado en la pared desde que tengo memoria. Parecía un cuadro sacado de la época medieval ya entrando en la renacentista. Era simplemente feo. Pero por algún motivo nos acompañó en todas las mudanzas y siempre pero siempre estuvo ahí. Después que mi abuela se fue, mi mamá se deshizo de ese cuadro casi como una prioridad. No servía para nada (ni para traer buenos recuerdos porque realmente, era un cuadro triste) y no era lindo (era oscuro, con tonos verdes, marrones y lágrima si es que existe ese tono y había dos nenas tocando un laúd con cara de “por favor, no quiero tocar más”, absolutamente nada para admirar). Así que se fue. Pero sí se quedó, por ejemplo, una cajita de música que a mi abu le gustaba muchísimo y que trae buenos recuerdos.
Con estas tres preguntitas creo que ya tenés suficiente para pensar qué adornos y decoraciones podés mantener o decirle chau. Y si no te ayudan, pensá en la frase de William Morris (que además de promover a los artesanos a la categoría de artista, los defendió en un mundo donde los derechos laborales habían desaparecido).
Nos vemos la semana que viene con más Minimalismo Real.