
Mi pequeño tesoro…
“Quien no sabe esperar, no puede ser fotógrafo”.
Así comienza la autobiografía de Sebastião Salgado, mi fotógrafo preferido (la verdad, mi único fotógrafo preferido, el resto solo me gusta).
Sebastião Salgado fue un fotógrafo brasilero que se dedicó a mostrarle al mundo lo que muchas veces no era fácil de ver. Con sus fotos en blanco y negro denunció las condiciones materiales de las personas que nadie quiere ver. Porque son pobres. Porque son descartables. Porque viven siempre en guerra como si fuera una elección de ellos. Denunció la muerte de nuestro habitat. Y trabajó incansablemente para que las personas vieran lo que no querían ver. Su libro “Otra Américas” tuvo un gran impacto en mí como lo tuvo también “Exodus”, “Trabajadores” y “Génesis”, libros que muestran fotos tomadas a lo largo de más de 30 años de viajes por diferentes continentes. Sus fotos son hermosas, tristes, alegres, conmovedoras, chocantes. Todo junto. Cuenta que para sacar la foto de una tortuga en las islas Galápagos, tuvo que esperar un día hasta ganar la confianza del animal, ponerse en cuatro patas, mostrarle que no era una amenaza, respetar su territorio. De igual forma, retratar personas le podía llevar un mes de convivencia hasta conseguir la foto que quería.
Y me dejó pensando en esto de esperar. Yo suelo saber esperar. Pero noto que a medida que pasa el tiempo y que todo se vuelve cada vez más y más instantáneo, pierdo un poco esa capacidad. Esperar el colectivo para el trabajo es mirar el reloj a cada minuto. No miro el celular porque me cuido de hacerlo, pero miro el reloj. Estaba mirando una serie cuyos episodios salían todos los jueves. Qué desesperación, tenía que esperar SIETE DÍAS para ver la continuación. Compré dos aceites esenciales y van a llegar en una semana. ¿Cómo en una semana? Dudé antes de comprarlos porque…una semana. Como la serie.
Y leo esa frase de Sebastião Salgado y vuelvo a cuidarme de no apurarme. Vuelvo a esperar.
Y es que en esto tiempo acelerados, en ese “esperar” hay algo incómodo, como si el cuerpo estuviera desacostumbrado ya. Como si todo dentro de nosotros reclamara velocidad, que pase algo o que alguien nos dé algo para hacer. Ese esperar se siente, a veces, como perder el tiempo. Como quedarse afuera de algo que está pasando sin nosotros, cómo es posible, sin nosotros.
Quizás por eso Sebastião Salgado podía hacer lo que hacía. No solo por su técnica, ni por su sensibilidad, sino porque tenía la capacidad, cada vez más rara, de esperar. De no intervenir antes de tiempo. De no exigirle al mundo que le diera todo rápido.
Y acá me quedé pensando que no importa si el mundo está cada día más instantáneo, más rápido, más apurado. Somos nosotros los que tenemos que poner un freno, bajar un cambio porque, como las fotos de Salgado, hay cosas que solo aparecen cuando uno deja de apurarlas.
Nos vemos la semana que viene con más Minimalismo Real y dejo como recomendación el documental “La sal de la tierra” que cuenta sobre Sebastião, su trabajo y su vida personal.
