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Ep. 147 | 4 ideas para no dudar al momento de descartar

Posted on marzo 17, 2026marzo 26, 2026 by Muna
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Yo, lavando las ropas que digo que voy a usar y no usaré nunca…

Estas últimas tres semanas estuve compartiendo con ustedes listas de cosas esenciales y necesarias en distintos ambientes. Obviamente acá en casa es un trabajo constante y si hoy vienen a casa, van a haber menos cosas pero también, cosas que entraron sin saber cómo y que no son ni esenciales ni necesarias. Pero hay algo que me gustaría compartir con ustedes que me pasó durante estos momentos de sacar. Hubo momentos que fue fácil y otros que fue difícil sacar. Y cuando empecé a revisar el armario de ropa mío, tuve más problemas. Resulta que el año pasado, a fin de año, me regalaron ropa. Ropa muy linda, ropa que es mi estilo, ropa de buena calidad. No me regalaron un pantalón, una remera, me regalaron tres pantalones, cuatro remeras y hasta un blazer. Pero qué pasa…yo todavía después de más de cuatro años de cuestiones médicas, no me encuentro en mi cuerpo. Este año me propuse a amigarme con mi nueva realidad (y mejorarla en lo que puedo) pero en el mientras, esa ropa no me queda como a mí me gusta. Y no saqué nada de la ropa vieja que tenía que ya había pasado a mejor vida pero seguía usando porque me sentía cómoda. Para no romper la regla de uno entra, otro sale, puse la ropa nueva en una valija y me dije que la usaría en tres meses. Los tres meses llegaron, empecé a sacar las cosas y me di cuenta que no quería deshacerme de la ropa vieja con la que me sentía cómoda, con la que tapaba ciertos aspectos de mí con los que no me sentía confortable, que me ayudaba a no lidiar con lo que me molestaba. Parece una tontería que la ropa tenga tanta incidencia psicológica en uno, porque son…cosas. Y encima tenía otras cosas similares pero más lindas. Como soy bastante práctica y no me gusta quedarme pensando mucho en mis problemas, saqué todo, dejé las perchas libres y puse toda la ropa nueva y la que estaba en mejor estado en las perchas. Lo que no cupo en las perchas, lo tiré o lo doné. Me lamento un poco no haber tenido otro pijama porque tiré el que ya estaba sin elástico y me quedé con uno y el otro día no se secó a tiempo y tuve que improvisar (por eso en mi lista de cosas del episodio del dormitorio, dije de tener dos pijamas. Vivir y aprender dicen…). En fin, para evitar esa parálisis que a veces nos dan las cosas, me senté un rato a pensar sobre cómo lidiar con ese tipo de momentos pero con todo, ya que estaba sacando todo. Y acá van algunas ideas:

1- Cambiá las preguntas

Si las preguntas es útil, bello o ambos no sirven, pensá en lo siguiente:

Si tuviera que comprarlo hoy, reponerlo hoy, ¿lo compraría de nuevo?

Si la respuesta es no, que no gastarías ni un centavo en eso, se va. Si la respuesta es sí, lo buscaría de nuevo, no importa el costo, se queda. Si la respuesta es “no sé, tal vez si está en precio”, también se va. Porque tal vez gastar plata en algo que no necesitás no debería ni estar en tu vocabulario (sí, me volví fundamentalista del descarte).

2- No decidas cosa por cosa

Ir viendo cosa por cosa cansa. Cansa y encima te hace dudar. Decidí por categoria y por cantidad. Eso es algo que comenté en las listas. Por ejemplo, si decidís que es suficiente tener 6 tazas en tu cocina, son 6 tazas en tu cocina. Todo el resto se va. Todo lo que excede el número que definiste para la categoría, se va. Y ahí le quitás también lo emocional. “Ah, la taza de mi tío”. Bueno, que se quede. Te quedan otras cinco para decidir y nada más.

3- El espacio es tu límite

En algún momento charlamos sobre la maravilla de los cestos. Ellos permiten que delimites cuánto espacio le vas a dar a ciertas cosas. Hay sectores en donde no usamos cestos como por ejemplo, un estante de libros. Ya sabés que en ese estante, probablemente te entren X cantidad de libros y no más. Entonces empezá a mirar los espacios vacíos (porque está bueno sacar todo para…bueno, sacar todo lo que necesitás de tu casa) y pensá qué entra ahí, qué cabe. Y nada más. Si caben los adornito de tu abuela, es eso. No caben los adornitos de tu viaje. No caben los dibujitos de tus hijos. No caben los certificados de tus cursos. Caben los adornitos de tu abuela. El espacio es tu límite. Usalo.

4- Pensá en el verdadero costo

Hace unos días leía un texto que decía que “el cerebro odia desperdiciar”. Me pareció una frase fantástica. Porque cuando compramos o nos regalan algo de un valor importante o un valor que hoy tal vez no podríamos pagar, nos aferramos a esa cosa porque “cuesta plata”. Una de las ropas que dejé ir fue una blusa re linda, con detalles de costuras hechas por manos del Amazonas (siempre hago chistes con esto pero sí, tenía una) que me fue regalada un año atrás. Nunca la usé porque me deja la panza al aire cuando levanto los brazos y nunca me gustaron las cosas muy cortitas. Pero en otro momento, cuando me sintiera mejor conmigo, tal vez la usaría. Por eso la guardé. Y porque yo no podría pagar una blusa como esas hoy (ni el año pasado). Pero estaba ahí, muriendo de a poco, con el peligro de mancharse, entonces cada tanto la sacaba, me la probaba, no me gustaba, la lavaba, y la volvía a guardar. Cuando saqué todo, hacía un año que la tenía conmigo y nunca la había usado, hora de irse. Pero el costo…el costo en realidad, no era ya ni siquiera monetario. Era el costo de sacarla, probarla, lavarla y guardarla de nuevo. Era todo ese proceso a cada tanto. Hay un costo monetario en las cosas, sobre todo en aquellas que no están tal vez hoy a nuestro alcance o nos supone un esfuerzo pagarlas. Y acá una sola opción y es dejarla ir. Pero, también tenemos dos opciones para dejarla ir: si la cosa en sí es vendible y tenés tiempo de publicarla, ofrecerla, venderla, enviarla y sacarlo un dinerito, hacelo. Solo pensá en un límite de tiempo para hacerlo para que no se transforme en una carga. Si no la vas a vender, donala. Fue mi opción en este caso. Y me saqué un costo de encima grande.

En fin, espero que estas tres ideas les sirva para cuando decidan hacer una limpieza general y acuérdense que esto es siempre un constante andar. Vamos a avanzar, retroceder, quedarnos en el mismo lugar un tiempito, pero seguimos acá, intentando minimalizar.

Nos vemos la semana que viene con más Minimalismo Real.

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Soy una persona intentando vivir una vida tranquila y feliz como los carpinchos.

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