
Todo grita simplicidad en el Japón samurai…(Flores de iris en Yatsuhashi, 1709).
Estos últimos tres meses fueron bien moviditos por acá. Desde idas al hospital a problemas que surgieron en diferentes ámbitos de la vida. Desde asuntos importantes a asuntos más fútiles por llamarlos de alguna manera que fueron acumulándose y ahí, uno empieza a buscar un poco de aire. Así que estamos desde hace unos meses en campaña para dejar nuestro pequeño hogar cada vez más…leve. Cuesta, porque todos acá somos acumuladores de algo: yo de libros y papeles, mi compañero de cosas rotas electrónicas para arreglar, los chicos todo lo que encuentran en la calle y cuadernos y lápices…Y muchas veces nos cuesta elegir qué se va. Ven que hace algunos episodios ya conversé con ustedes sobre el asunto y continúo trayendo algunas ideas porque sé que no siempre está claro qué descartar. Sobre todo cuando no sobre el dinerito para reemplazar algunas cosas.
Como a mí me gusta todo lo japonés, entre mis cuatro newsletters que recibo semanales o mensuales, hay una que habla de Japón. Así, en general. Y en una de las últimas, hablaban de formas de simplificar la vida al estilo japonés y cuentan que después del período Edo (que es la época de los samurais para hacerla corta), la gente en sí era bastante minimalista porque seguía la filosofía del Tao. Después de la Segunda Guerra que perdieron y necesitaron reencender la economía, surgió el Japón ultraconsumistas y personas como mi querida Marie Kondo surgen justamente para contrarrestar este consumo desenfrenado. En fin, entre todo eso, van comentando sobre Kanso (簡素), que en japonés significa simplicidad y que todo tiene que tener un por qué. Ya lo comentamos antes pero me gustó mucho lo que comentan y empecé a mirar un poco entradas del blog más viejitas sobre esto de descartar para proponerles pensar en las cosas a partir de esta idea del por qué:
1- Las cosas que tenemos para nuestro yo fantasioso
Todos tenemos, en mayor o menor medida, objetos que no compramos para la vida que tenemos y sí para la vida que imaginamos, para esa versión idealizada de nosotros mismos que, esta vez sí, iba a cambiar por completo. Es esa persona productiva que tiene en un planner magnético pegado en la heladera toda su vida detallada, la que hace yoga todos los días, la que va a emprender en algo artesanal, la que va a aprender un instrumento o idioma nuevo…Y corremos a comprar el bendito planner, la alfombrita de yoga, los materiales para nuestro emprendimiento, compramos un instrumento…Inserí lo que quieras acá. La realidad es que no compramos objetos sino una idea de lo que nos gustaría ser. Nadie dice que dejes de soñar o dejes de pensar en tu hobby, en aprender a tocar un instrumento, en hacer yoga…Pero o lo hacés o lo dejás ir. Aunque sea por un rato, hasta que realmente decidas o puedas hacerlo. No es renunciar a lo que querés sino darte la oportunidad de abrirte espacio. No sé, yo ya conté que todavía guardo los libros de violín porque voy a volver a tocarlo. No soy ejemplo de nada en realidad. Pero sí me deshice de otras muchas cosas, como las agujas de tejer, las lanas, las telas, los pasteles al oleo, los libros de artesanía, los libros de emprendimiento personal…Me abro espacio para cosas nuevas y para también, en algún momento, reencontrarme con mi violín. Porque no se trata de abandonar sino de elegir qué queremos alimentar. Se trata de dejar de comprar o acumular cosas para una persona que todavía no existe. Y empezar a construirla, si realmente querés, desde acciones concretas.
2- Las cosas de nuestro yo pasado
Conservamos estas cosas porque son y cuentan parte de nuestra historia. Los apuntes de la facultad (que solo los dejé ir cuando tuve que cargar todo en una valija, sino los tenía conmigo hasta hoy la verdad), cosas de una carrera que no seguiste, esa ropa que decís que vas a volver a usar pero o no te entra o no te entra como antes porque…vida. Y cuesta soltarlas porque parece que al hacerlo estás borrando parte de tu identidad o de quién sos hoy. Pero…no somos esa versión congelada, parada en el tiempo. Nos toca vivir el hoy. De nuevo, no hay nada de malo en guardar algo, alguito de todo eso. ¿Pero todo? No. Porque sino, ese todo se va haciendo como un ancla que te va parando (la metáfora es porque estoy leyendo un libro sobre barcos, perdón). Pero me parece una metáfora apropiada. No nos hunde, nos nos tira para atrás pero tampoco nos deja avanzar. Eso que fuiste y que guardás probablemente es un lindo recuerdo y podemos por decirlo de alguna forma, honrar nuestro pasado con algunas cositas. Pero es muy distinto eso que vivir rodeado de versiones tuyas que ya no existen.
3- Las cosas que tenemos por miedo al “y si…”
Esta para mí, es una de las formas más comunes de acumulación que casi siempre parece lógica y de hecho, suele serlo, no parecerlo. Cuando vivimos en el planeta de la incertidumbre económica, el “por las dudas”, “capaz lo necesito”, “sería un desperdicio de plata tirarlo” o “no sé si lo voy a poder a comprar”, son razones válidas. Y así, sin darnos cuenta, empezamos a llenar cajones, placares, depósitos y rincones enteros con objetos que no usamos…pero que no queremos no tener. Ropa que no usamos pero “la vamos a vender”. Electrodomésticos rotos que “ya vamos a arreglar”. Objetos que no usamos nunca o poquísimo pero “¿sabés lo que me costó?”. Todo pensando en futuros hipotéticos. Hay cosas que sí, está bien guardarlas y/o acumularlas, no sé, una oferta de arvejas en latas que tenés lugar donde ponerlas y sabés que las vas a usar. Pero la gran mayoría de las cosas que guardamos por si las moscas, no tienen razón de ser en tu casa.
Y volvemos a la idea de Kanso o “simplicidad” y que las cosas tengan un sentido. También tiene que ver con el design y crear espacios libres de cosas innecesarias. Este feriado que pasó le dediqué un día a ver las cosas de la casa. No terminamos ni por asomo pero se fue una hermosa bolsota de libros de los chicos y míos y de mi compañero en excelente estado y que están en venta en las librerías, directo para la biblioteca. En mi caso, por ejemplo, doné entre mis libros, un libro de bastante caro de artesanías (cómo hacer aritos, velas, alfombras, etc.) porque lo compré hace 15 años, me acompañaba siempre a donde iba porque en mi cabeza iba a hacer algo, y solo hice tres pares de aritos, un tarjeta de Navidad y dos o tres cositas más. Dije que iba a hacer algo con mis hijos de todo eso cuando crecieran. Hice pulseras, pero no de ese libro sino de uno que saqué de la biblioteca. Era mi yo del pasado, mezclado con mi yo fantasioso del futuro en el que haría artesanías con mis hijos y mi miedo a dejar ir algo que me costó y que hoy se encuentra en algunas librerías como libro usado. En la biblioteca otros lo van a poder usar. Y yo también lo voy a poder pedir prestado cuando me haga espacio y tiempo para eso. Mientras, tengo otras prioridades.
Nos vemos la semana que viene con más Minimalismo Real.
