
Quería la tranquilidad de una casa japonesa pero bueno, se hace lo que se puede (pintura de alguien, no conozco el autor).
Estoy leyendo “La casa minimalista” de Joshua Becker, a quien ya mencioné varias veces del canal de Youtube “Becoming minimalist”. Y si bien el libro es bastante referencial a quien vive en EEUU, se puede sacar mucho de él.
No lo terminé todavía pero me está gustando bastante porque me está llevando de a poco a la pregunta más importante que creo debería guiar nuestro camino por el minimalismo:
¿Qué quiero que mi ambiente me ayude a ser?
A ver, no es que vas a estar definido por tu ambiente. Yo no tengo casa propia, vivo donde hoy me permite mi situación y claro, me encantaría vivir en un lugar propio, con mucho más espacio, con un patio para plantar y mil deseos más. El ambiente donde estoy no me define, no me impide de seguir buscando todo eso. Pero…sí colabora o no a que esa búsqueda sea más tranquila.
¿Qué quiero decir con esto?
Si vivimos en un ambiente abarrotado de cosas, probablemente nuestro sistema nervioso va a estar todo el tiempo queriendo salir de nuestro cuerpo. Si quiero, no sé, empezar a meditar, ayuda a dejar un pedacito de tu ambiente dedicado a eso y solo a eso. Si quiero empezar a cocinar más, una cocina donde puedas encontrar lo que necesitás fácilmente va a favorecer mucho más a que puedas desarrollar esa faceta de tu vida.
En casa hace bastante tiempo quedó claro que nuestra mini sala es donde todo pasa. Es donde comemos, hacemos tareas, trabajamos, miramos pelis, tenemos juegos de mesa, tenemos un armario con todo lo que tiene que ver con papelería, un espacio para los libros de la escuela de los chicos, otro para las cosas de mi trabajo, otro para mis cositas de ejercicios, otro para mi aromaterapia y fitoterapia, otro para libros, otro para zapatos y…uno dice, “uau, ¿cómo te entra todo eso?”. No es que entra. Tenemos lo que necesitamos para que ese espacio sea nuestro espacio compartido. No tengo una vitrina de aceites esenciales. Tengo unos cestitos con lo que necesito. No tenemos 300 libros. Tenemos un espacio para los libros de la biblioteca pública y otro para los que queremos conservar. Todo está accesible, todo es fácil de agarrar.
Porque ese es el espacio donde intentamos pasar tiempo juntos. A veces lo conseguimos, a veces no (sobre todo cuando se empieza a desordenar o cuando superamos la capacidad espacial de traer cosas de afuera…). Pero si el ambiente no ayuda, dificilmente tengamos alguna chance de que generar esos momentos.
Por eso, antes de ponerte a sacar cosas y reorganizar lo que quede, creo que primero deberíamos mínimamente saber qué queremos construir con ese trabajo de sacar, separar, elegir, poner para donar, vender o tirar, porque es un trabajo árduo. Y ni hablar cuando nos toca empezar a revolver en objetos con carga sentimental. Mis abuelos tenían un montón de cosas como todos los abuelos de los que tenemos más de cuarenta años. Pero tenían un espacio donde ponían una vela, las fotos de la familia (presente y ya ida) y florcitas. Mi abuela, que se había volcado al budismo, ya no rezaba como mi abuelo pero ese espacio era un espacio para recordar, agradecer y celebrar la vida de los que ya no estaban y de los que estaban. Mis abuelos estaban lejísimos de ser minimalistas, pero entendían que esos momentos y parte de quienes eran ellos espiritualmente, se construía a partir de ese espacio en el que no había nada más que lo necesario para eso.
Por eso, antes de empezar a revolear cosas, tal vez esa pregunta te pueda ayudar a menos revoleo al boleo (hice una rima), y más consciencia de por qué querés revolear lo que estás por revolear.
Nos vemos la semana que viene con más Minimalismo Real.
