
Mario Benedetti en 1981 (Foto de Wikipedia, Elisa Cabot)
Recientemente terminé de leer “La tregua”, del uruguayo Mario Benedetti. De más está decir que me encantó. Pero lo que más me gustó fue la frase que le da comienzo al texto:
Lunes, 11 de febrero
Sólo me faltan seis meses y veintiocho días para estar en condiciones de jubilarme. Debe hacer por lo menos cinco años que llevo este cómputo diario de mi saldo de trabajo.
A mí me gusta lo que hago pero sueño con el día de mi jubilación y que la vida se transforme en un eterno fin de semana. En mi cabeza, mi jubilación es la de mis abuelos, a los 55 años, con un dinero que alcanza, con obra social que te acompañe y con tus conquistas emocionales y materiales cumplidas. Claro que después me acuerdo que mis abuelos trabajaron desde que pudieron caminar (o sea que a sus 55 eran como los 90 de cualquier persona que empezó a trabajar de joven), que si llego a jubilarme en tiempo y forma, tal vez ese tiempo y forma como van las cosas sea a los 80 y voy a ganar -si el Estado existe- una jubilación que probablemente no me alcance y por como van las cosas, las conquistas materiales no parecen que van a ser muchas. Entonces empiezo a pensar que qué bueno que estoy abrazando el minimalismo porque probablemente me va a tocar ser muy minimalista en el futuro. Pero se me pasa el pesimismo y vuelvo a soñar que me voy a jubilar como mis abuelos. Y es que en estas realidades tan cambiantes, muchas veces nos mantienen en ese subibaja y no nos permiten planear mucha cosa. Mucha ansiedad por ese futuro. Y creo que parte de esa ansiedad nace precisamente de la distancia entre tres cosas (y la situación económica de nuestros países, claro, pero con eso no tenemos mucho que hacer más que salir a protestar cuando no nos gusta algo). Veamos entonces:
1- Expectativas
Las expectativas son esas historias que nos contamos sobre cómo debería ser la vida. En mi caso, la casa propia, la jubilación tranquila, la estabilidad económica. Muchas de estas expectativas las heredamos de nuestros viejos, de nuestros abuelos o de una época que ya no existe. No es que no tengamos que desear todo eso; yo seguiré en pos de la casa propia, de una jubilación tranquila, de una estabilidad económica. La cuestión es que mucho de lo que esperamos que pase en nuestras vidas, es incontrolable. Así que minimalizar las expectativas nos ayuda a ver algo más concreto que son nuestras posibilidades y cómo las aprovechamos.
2- Posibilidades
Las posibilidades son básicamente las opciones que tenemos disponibles hoy. Podemos tal vez ahorrar, invertir, aprender nuevas habilidades, emprender, simplificar nuestros gastos o cambiar de rumbo varias veces durante nuestras vidas. Las posibilidades son reales a diferencia de las expectativas, pero… también son inciertas. No nos garantizan resultados. Minimalizar incertezas también es parte de nuestro camino minimalista. Si queremos todo, no nos enfocamos en nada. Para eso, dentro de las posibilidades, siempre podemos poner el foco en aquellas que tengan que ver más con nuestras realidades presentes y a futuro.
3- Realidades
Son las condiciones concretas con las que vivimos. La inflación, los cambios políticos y tecnológicos, las innúmeras crisis económicas, las transformaciones laborales (eufemismo para decir pérdida de derechos laborales y no largarme a llorar…). La realidad rara vez coincide con nuestras expectativas y casi nunca nos permite aprovechar todas nuestras posibilidades que se nos presentan (o que creamos).
Y así que vivimos haciendo equilibrio entre lo que imaginamos, lo que podríamos hacer y lo que efectivamente sucede.
Quizás el minimalismo no resuelva esa tensión, esa lucha entre lo que deseamos, lo que podríamos hacer y lo que de hecho podemos. Pero sí ayuda a soportarla mejor. ¿Cómo? Minimalizando ese deseo constante de que el futuro sea o perfecto o como lo imaginamos y si no es así, fracasamos. Antes de planificar hacia el futuro, tal vez debamos enfocarnos en construir una vida que funcione primero en el presente. Y tal vez eso sea una forma mucho más realista de prepararse para lo que queremos que venga o en mi caso, dejar de pensarme en modo jubilación contando los (muchos) años que me faltan sino construyendo mi presente para un mejor futuro.
Planificar a lo minimalista puede ser en realidad ver cómo vivir bien hoy para estar bien mañana. Minimalizar expectativas, enfocarse en algunas de las posibilidades que más conversan con tus deseos pero también tus necesidades y que tengan un pie bien clavado en las realidades que vivís es darle un lugar al futuro. Pero desde el presente.
Minimalismo es presencia, no nos olvidemos de eso. Entonces, no, no hay reglas para planificar como un minimalista pero sí hay una idea por detrás de esto que nos lleva a pensarnos en el hoy. Una amiga me dijo el otro día que es difícil planificar cuando se nos aparecen políticos destruidores de todo lo que conquistado. Le dije que si queremos un futuro mejor, habrá que tratar de conquistarlo de nuevo con los medios que tengamos. Pensarse en el presente. Estar presentes. En nuestras realidades. Porque repito, el minimalismo es presencia. Pero no individualista. Es estar en el todo y con todos. Y acá prendí el sahumerio y salimos todos cantando Kumbaya.
Solo espero que puedan planificar su futuro en el hoy. Nada más.
Nos vemos la semana que viene con más Minimalismo Real.
